El presente escrito surge a partir de mi experiencia como
residente en el Instituto “La Sma. Trinidad”, en el marco de la cátedra
“Practica Profesional Docente III”. Esta residencia tuvo lugar desde abril
hasta octubre del corriente año, en el curso de primer año “D” ESIL. El motivo
de contarles hoy mi reflexión, es poder mostrarles a mis compañeros y
compañeras de los años siguientes cómo fue nuestra primera experiencia en el
aula y que se asomen un poquito a lo maravilloso que puede resultar, si lo
hacemos con convicción y pasión.
Al comenzar el año, nervios e incertidumbre es lo que prima.
Nervios porque son los últimos pasos hacia el fin de la carrera, incertidumbre
porque nos preguntamos dónde nos tocará, qué haremos, cómo saldrá todo, y un
sinfín de preguntas, que seguro todos los presentes nos hemos hecho alguna vez.
Hablamos una y otra vez en clases, en nuestras casas, con
compañeras, con amigas, tomando mate o una cerveza, del miedo a las preguntas
de los chicos, del temor a no conocer las respuestas, a la ansiedad de la
primera vez ante miles de ojos que esperan y observan, de los nervios de no
saber qué hacer.
Entre nosotras siempre hablábamos de en qué colegio nos
tocaría y todas estábamos a la expectativa de eso: pensábamos cómo nos
repartirían, bajo qué criterios, todo era nervios. Hasta que el primer día de
clases de Práctica III, La profesora Beatriz nos hizo sacar una hoja y escribir
en qué institución queríamos hacer nuestra residencia y porqué. En mi se movían
sentimientos encontrados, porque quería hacer mis prácticas en una escuela
pública, ya que siempre asistí a una institución privada, pero el amor por mi
escuela y “los colores” también jugaban ahí, entonces dejé que la profe
eligiera.
Iban pasando los días y a todas mis compañeras les iban
asignando escuela y curso, y a mí no. Beatriz me contaba que estaba haciendo
las gestiones en el “Trinitarios” para que me dejaran entrar, ya que hacia un
tiempo que no se hacían residencias allí y estaba difícil. ¡Pero lo logró! Y el
día que me dijo que me tocaría primer año “D” ESIL, pensé “¡primer año, no! Son
muy revoltosos”. El tiempo se encargaría de demostrarme lo contrario.
El primer día que debía ir a la escuela se imaginarán que
TODO era nervios. ¿Cómo serán los chicos? ¿Cómo será la profe? Beatriz me
esperaba adentro, en el hall de formación. Subimos las escaleras y fuimos a la
oficina de la vice-directora, hablamos con ella (sinceramente, de los nervios
ya ni me acuerdo que hablamos), fuimos hacia el aula, nos presentaron con quien
sería mi tutora: la profesora Soledad Felipe y entré.
(Cruzar el umbral de la
puerta, ver cientos de ojitos que te miran atentos, que te examinan y vos con
tu mochila de nervios e incertidumbre ahí en la espalda.)
Personalmente, mi experiencia fue hermosa. Me tocó con los
más chicos, con primer año, como ya dije; esa edad que está a caballo entre la
niñez y la adolescencia y en donde sus preguntas, sus gestos y sus bromas son
inocentes, pero profundas. Esos chicos me hicieron sentir parte de su aula
desde un principio. Sin reparos comenzaron a llamarme “profe”. Me corrió un
escalofrió la primera vez que esa palabra fue dirigida a mí, un escalofrío de
emoción y felicidad.
De a poco, día tras día, iba tomando más confianza, Soledad
me dejaba interactuar con los chicos, ellos me llamaban a sus bancos para
consultarme y así fuimos formando vínculo. Al principio, pensaba que no iba a
poder responderles, tenía miedo de explicar algunas cosas de manera diferente a
cómo las había explicado Soledad, de ser muy rebuscada al hablar, o trabarme y
no encontrar ejemplos, pero con el paso de los días también aprendí el modo de
explicar de la profe, su manera de trabajar con los y las estudiantes y pude
adecuarme a eso.
Sin duda alguna, mi tutora fue quién me iba abriendo el juego
y dejándome entrar en la cancha, para que eso fuese posible. Fue quien me daba
pases continuos, dejándome que me involucre con los chicos y sus actividades.
Ella me dejó interactuar con sus alumnos como si fuese una colega suya de toda
la vida y eso fue muy importante para mí,
porque pude ir conociendo a cada uno y fortaleciendo esa relación
practicante-alumno, que muchas veces es áspera y de mucha tensión. Además,
aprendí muchísimo de ella, siempre me alentó y tranquilizó, siempre dándome
motivación y una sonrisa al entrar al aula.
Mirando hacia atrás (aunque el tiempo transcurrido hasta hoy
no es mucho) creo que podría haber dado más, haber hecho algunas cosas
diferentes; aún pienso: “si hubiese dicho esto o aquello, si hubiese modificado
la consigna así o asá…” porque siempre vamos a encontrarnos errores y
quisiéramos cambiar algunas cosas, pero lo que me llevo, lo que esta
experiencia me dejó, es una mochila llena de amor. De amor de los estudiantes,
porque uno puede sentir su afecto en cada gesto y en cada palabra. Llena de esperanza por parte de mis docentes
y compañeras, porque creemos en una educación mejor, en una educación
emancipadora, en una educación crítica y que nos involucre como personas, como
humanos. Y llena de pasión, por esto que
elegimos que es la enseñanza de la lengua y la literatura, una materia de “las
más feas” para los chicos, pero que nosotras sabemos que no es así y ahí está
nuestro desafío, mostrarles a todos que no somos “las viejas de lengua”, sino
que venimos con un bagaje de pasión por la lectura y la escritura y queremos
convidarlo, contagiarlo. Porque las pasiones son así, se contagian.
Al momento de sentarme a escribir esto, no sabía por dónde
comenzar, así que me puse a releer comentarios y apreciaciones de los foros que
compartimos en el aula virtual y noté que hay un sentimiento que se repite en
una frase que dice más o menos así: “con el corazón en la mano”. Lo interpreto
como dar y dejar amor, entregarles a nuestros estudiantes todo lo mejor que
podamos darle: el amor por lo que hacemos, NUESTRA PASIÓN; y pienso en que
cuando más desahuciados, frustrados o desanimados nos sintamos, pensemos en
eso, en entregar NUESTRO CORAZÓN.
Sobrevuela la frase, la digo y la repito: “con el corazón en la mano”, “con el corazón
en la mano” y escucho a la Mecha Sosa, con esa voz tan contundente,
sentimental y profunda, cantar:
“Yo
vengo a ofrecer mi corazón.
No
será tan fácil, ya sé que pasa.
No
será tan simple como pensaba.
Como
abrir el pecho y sacar el alma, una cuchillada de amor”



No hay comentarios.:
Publicar un comentario