domingo, 15 de noviembre de 2015

Experiencia de Lourdes Oliva

El presente escrito surge a partir de mi experiencia como residente en el Instituto “La Sma. Trinidad”, en el marco de la cátedra “Practica Profesional Docente III”. Esta residencia tuvo lugar desde abril hasta octubre del corriente año, en el curso de primer año “D” ESIL. El motivo de contarles hoy mi reflexión, es poder mostrarles a mis compañeros y compañeras de los años siguientes cómo fue nuestra primera experiencia en el aula y que se asomen un poquito a lo maravilloso que puede resultar, si lo hacemos con convicción y pasión.
Al comenzar el año, nervios e incertidumbre es lo que prima. Nervios porque son los últimos pasos hacia el fin de la carrera, incertidumbre porque nos preguntamos dónde nos tocará, qué haremos, cómo saldrá todo, y un sinfín de preguntas, que seguro todos los presentes nos hemos hecho alguna vez.

Hablamos una y otra vez en clases, en nuestras casas, con compañeras, con amigas, tomando mate o una cerveza, del miedo a las preguntas de los chicos, del temor a no conocer las respuestas, a la ansiedad de la primera vez ante miles de ojos que esperan y observan, de los nervios de no saber qué hacer.

Entre nosotras siempre hablábamos de en qué colegio nos tocaría y todas estábamos a la expectativa de eso: pensábamos cómo nos repartirían, bajo qué criterios, todo era nervios. Hasta que el primer día de clases de Práctica III, La profesora Beatriz nos hizo sacar una hoja y escribir en qué institución queríamos hacer nuestra residencia y porqué. En mi se movían sentimientos encontrados, porque quería hacer mis prácticas en una escuela pública, ya que siempre asistí a una institución privada, pero el amor por mi escuela y “los colores” también jugaban ahí, entonces dejé que la profe eligiera.
Iban pasando los días y a todas mis compañeras les iban asignando escuela y curso, y a mí no. Beatriz me contaba que estaba haciendo las gestiones en el “Trinitarios” para que me dejaran entrar, ya que hacia un tiempo que no se hacían residencias allí y estaba difícil. ¡Pero lo logró! Y el día que me dijo que me tocaría primer año “D” ESIL, pensé “¡primer año, no! Son muy revoltosos”. El tiempo se encargaría de demostrarme lo contrario.

El primer día que debía ir a la escuela se imaginarán que TODO era nervios. ¿Cómo serán los chicos? ¿Cómo será la profe? Beatriz me esperaba adentro, en el hall de formación. Subimos las escaleras y fuimos a la oficina de la vice-directora, hablamos con ella (sinceramente, de los nervios ya ni me acuerdo que hablamos), fuimos hacia el aula, nos presentaron con quien sería mi tutora: la profesora Soledad Felipe y entré.
(Cruzar el umbral de la puerta, ver cientos de ojitos que te miran atentos, que te examinan y vos con tu mochila de nervios e incertidumbre ahí en la espalda.)

Personalmente, mi experiencia fue hermosa. Me tocó con los más chicos, con primer año, como ya dije; esa edad que está a caballo entre la niñez y la adolescencia y en donde sus preguntas, sus gestos y sus bromas son inocentes, pero profundas. Esos chicos me hicieron sentir parte de su aula desde un principio. Sin reparos comenzaron a llamarme “profe”. Me corrió un escalofrió la primera vez que esa palabra fue dirigida a mí, un escalofrío de emoción y felicidad.



De a poco, día tras día, iba tomando más confianza, Soledad me dejaba interactuar con los chicos, ellos me llamaban a sus bancos para consultarme y así fuimos formando vínculo. Al principio, pensaba que no iba a poder responderles, tenía miedo de explicar algunas cosas de manera diferente a cómo las había explicado Soledad, de ser muy rebuscada al hablar, o trabarme y no encontrar ejemplos, pero con el paso de los días también aprendí el modo de explicar de la profe, su manera de trabajar con los y las estudiantes y pude adecuarme a eso.
Sin duda alguna, mi tutora fue quién me iba abriendo el juego y dejándome entrar en la cancha, para que eso fuese posible. Fue quien me daba pases continuos, dejándome que me involucre con los chicos y sus actividades. Ella me dejó interactuar con sus alumnos como si fuese una colega suya de toda la vida y eso fue muy importante para mí,  porque pude ir conociendo a cada uno y fortaleciendo esa relación practicante-alumno, que muchas veces es áspera y de mucha tensión. Además, aprendí muchísimo de ella, siempre me alentó y tranquilizó, siempre dándome motivación y una sonrisa al entrar al aula.

Mirando hacia atrás (aunque el tiempo transcurrido hasta hoy no es mucho) creo que podría haber dado más, haber hecho algunas cosas diferentes; aún pienso: “si hubiese dicho esto o aquello, si hubiese modificado la consigna así o asá…” porque siempre vamos a encontrarnos errores y quisiéramos cambiar algunas cosas, pero lo que me llevo, lo que esta experiencia me dejó, es una mochila llena de amor. De amor de los estudiantes, porque uno puede sentir su afecto en cada gesto y en cada palabra. Llena de esperanza por parte de mis docentes y compañeras, porque creemos en una educación mejor, en una educación emancipadora, en una educación crítica y que nos involucre como personas, como humanos. Y llena de pasión, por esto que elegimos que es la enseñanza de la lengua y la literatura, una materia de “las más feas” para los chicos, pero que nosotras sabemos que no es así y ahí está nuestro desafío, mostrarles a todos que no somos “las viejas de lengua”, sino que venimos con un bagaje de pasión por la lectura y la escritura y queremos convidarlo, contagiarlo. Porque las pasiones son así, se contagian.

Al momento de sentarme a escribir esto, no sabía por dónde comenzar, así que me puse a releer comentarios y apreciaciones de los foros que compartimos en el aula virtual y noté que hay un sentimiento que se repite en una frase que dice más o menos así: “con el corazón en la mano”. Lo interpreto como dar y dejar amor, entregarles a nuestros estudiantes todo lo mejor que podamos darle: el amor por lo que hacemos, NUESTRA PASIÓN; y pienso en que cuando más desahuciados, frustrados o desanimados nos sintamos, pensemos en eso, en entregar NUESTRO CORAZÓN.
Sobrevuela la frase, la digo y la repito: “con el corazón en la mano”, “con el corazón en la mano” y escucho a la Mecha Sosa, con esa voz tan contundente, sentimental y profunda, cantar:

“Yo vengo a ofrecer mi corazón.
No será tan fácil, ya sé que pasa.
No será tan simple como pensaba.
Como abrir el pecho y sacar el alma, una cuchillada de amor”





No hay comentarios.:

Publicar un comentario