domingo, 15 de noviembre de 2015

Experiencia de Daniela Asfura

Comenzar a hablar de mi residencia me resulta una tarea sencilla e incluso apasionante por lo agradable que me resultó esa experiencia, aunque quizás –y seguramente- no logre expresar todo lo que ocurrió en mí en ese trayecto que se extendió desde abril hasta fines de agosto. Risas, palabras, anécdotas, confidencias, preguntas, emocione, conforman un listado de palabras que son más que palabras. Si tuviese que resumir mi residencia en cinco minutos –como ocurre en esta ocasión- con esas palabras podrías hacerlo y me sobraría tiempo.
Comencé mi residencia con un par de dudas y una gran ansiedad. Temblé en mi primera clase, casi lloro en la última. Me encontré personas asombrosas que me enseñaron bastantes, otras que me hicieron reflexionar, un par que siguen intrigándome. Me encontré con esos sujetos de los que tanto teorizamos, a los que le atribuimos demasiados defectos o varias virtudes; con una página en blanco, un tema, una propuesta, treinta y ocho rostros, infinitas palabras desordenadas. Me encontré con teorías del aprendizaje, con estrategias didácticas, con demandas, con mi Yo de hace 5 años; con dos profesoras, un tutor, unas cuantas compañeras. Me encontré con tantas cosas que no puedo negar que de eso se trata. Porque cada clase es un encuentro; las que tuvimos en la universidad, las que ocurren en el curso, las que suceden en la soledad de la escritura.
Llevo cuatro años dentro de la universidad, pero son trece más los que tengo dentro del sistema. Son una larga lista de profesores, son diversos métodos de enseñanza, son diferentes ideologías que forman parte de todo ese recorrido donde me formé como esta proto-profesora que puso todo su esmero, ilusiones, expectativas en cada palabra escrita en el guion. Si, un guion; donde fuimos más allá de un listado de objetivos que deben tener sus verbos en infinitivo y que deben concordar con la sentencia “el alumno será capaz de…”. Donde no sólo hay lugar para la delimitación del tema; sino donde también para dudas, miedos, formas. En el que no copiamos veinte consignas, sino donde escribimos, re-escribimos, re-re- escribimos una consigna para esos chicos, nuestros chicos.
No siento que haya perdido el tiempo aquellos días de invierno en los que mi preocupación sólo era mi quinto educación física, el Nuevo Periodismo, Walsh, Capote. Esos días me la pasaba pensando cómo enseñar a treinta y ocho chicos de quinto año, de la especialidad Educación física del Instituto Secundario Bernadino Rivadavia, un tema cuasi literario: el Nuevo Periodismo; y fueron varias las horas que pasé encontrándole el sentido en el programa. Lo signifiqué desde mis ideales –porque es cierto que ser educador es ser político en tanto que no es posible y no debiera serlo, poder separarse de lo que como sujeto se es- y concluí que más allá de los recursos que ayudan en la escritura de este tipo de texto, lo fundamental es desnaturalizar la intencionalidad de los periodistas, escritores, personas; porque sólo así dejamos de ser ingenuos y podemos reflexionar acerca del lenguaje mismo y su no neutralidad. Aunque no lo trabajé en profundidad –porque el tiempo en el aula corre- esta postura permite trabajar, por ejemplo, la sintaxis de un modo diferente al trabajado tradicionalmente, porque no sólo es importante saber si una palabra es un sustantivo o un adjetivo, sino reflexionar acerca de porqué está ahí, qué función cumplía. A grandes rasgo lo conseguí pero sostengo que es una labor que no debe reducirse a un tema sino que, en estos tiempos, es necesaria durante toda la formación.
Quinto Educación física del Instituto Secundario Bernadino Rivadavia todo un desafío para mí. Primero por la institución ya que no fue mi primera elección, fue más bien coincidencia de horario. Segundo, un quinto año de treinta y ocho adolescentes; nunca antes pensado por mí en mis planificaciones pasadas, porque obviamente no era el arquetipo ideal que estaba en mi mente cuando en las clases de Didáctica pensaba en un curso de veinticinco estudiantes. Tercero, educación física; adolescentes hiperactivos que aman el deporte pero ¿qué tanto les interesa Lengua?
Cuarto, mes de agosto justo con el comienzo de los preparativos para Farándula, todo un evento para ellos que supone una “pérdida de tiempo” (pensado desde afuera). Pero si miraba cada uno de estos puntos con la negatividad que los acabo de narrar, iba a ser imposible llevar a cabo mis clases. Opté por ingresar al curso dejando de lado cada uno de esos prejuicios: la mejor decisión de mi vida. Sólo así puede dejarme sorprender por cada uno de mis “chiquis” como siento llamarlos. Sólo así conocí sus historias, sus pasiones, sus secretos. Sólo así pude encontrarme con ellos.
Considero que mi mayor mérito fue ese: conocerlos y permitir que me conozcan. Ese vínculo tan hermoso que formamos me dio fuerzas y valentía para enfrentarlos aquel jueves de agosto en la primera clase; y aun así temblé los ochenta minutos y ellos lo notaron (por ellos sé que temblé) e hicieron todo para que me sienta cómoda. Ellos mismos no me reconocieron esa clase, pero no me lo dijeron sino hasta el último día. Fue una ayuda que pasó inadvertida por mí, pero inconscientemente lo supe: no me estaban evaluando, me estaban escuchando; no estaban esperando que me equivocara, estaban tendiéndome una mano para que no me ahogue en tanta agua nueva.
El resto de las clases se iban dando casi por inercia, con su colaboración, me sentí cada vez más cómoda parada al frente, recorriendo los bancos, respondiendo dudas. Mis clases consistieron en un proceso inverso al que comúnmente nos encontramos en las aulas: partí del texto literario para explicar la teoría; fueron dos clases en las que buceamos por diferentes textos: noticias periodísticas, titulares de diarios que comparamos, relatos de non fiction de un escritor cordobés. Dos clases teóricas continuaron en las que retomamos constantemente aquellas características que percibimos casi intuitivamente las clases anteriores, para transformarlas en categorías conceptuales del género Nuevo Periodismo. A continuación, como instancia evaluativa  les planteé una propuesta de escritura inventiva que consistía en concretizar todos los conceptos trabajados (desde la teoría y la lectura misma) en un texto con características del género abordado; algunos la resolvieron técnicamente mejor que otros; que algunos le dedicaron mayor tiempo y otros no resolvieron (en el tiempo que permanecí con ellos).. Allí reside mi deuda pendiente con ellos. Debí acompañarlos más en esa instancia y quizás exigirles un poco más. Esa deuda, en cierta medida, me atormenta.
Más allá de las palabras lindas que puedo decir, hay una realidad que es necesaria dejarla en claro para evitar desilusiones futuras: a lo largo de la residencia y de la práctica no siempre salen las cosas como uno supone o quisiera; pero aunque nos posicionamos como profesores, seguimos formándonos y el error es algo inevitable que también es parte del aprendizaje. Incluso aunque nos recibamos y tengamos veinte años de docencia, jamás tenemos que olvidarnos que estamos en un constante proceso de formación; que debemos estar abiertos al cambio y las innovaciones que nuestros alumnos nos proponen o exigen. Porque además cada curso, cada uno de los miembros de ese curso, es distinto y uno no es el mismo siempre, sino que la experiencia lo transforma.
Si pienso en mi práctica hay varias cosas que cambiaría, porque ya no soy la misma de hace dos meses atrás, ya estuve frente a ellos, ya me encontré con cada uno, ya puedo vislumbrar cuáles fueron mis errores. Con esta experiencia cambié, crecí, aprendí.

Es inexpresable la gratitud que tengo hacia Javier, mi tutor, y hacia cada uno de mis alumnitos que ocupan un lugarcito en mi corazón y que no van a permanecer en el olvido jamás (aunque suene cursi o sacado de una película yanqui), porque ellos fueron mis primeros alumnos, con ellos viví el momento más lindo: mi primera clase.  Me comprometo, durante los años venideros, conservar el recuerdo de esta etapa, de las cosas que salieron bien, de las cosas que no salieron tan bien, porque en ella estoy segura que voy a encontrar las razones suficientes para seguir adelante en esta profesión tan linda y compleja que elegí hace un par de años y que volvería a elegir. 
Daniela Asfura


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