domingo, 15 de noviembre de 2015

Experiencia de Gabriela Zavala

Cuando las profesoras de Práctica Docente III me confirmaron que mi residencia sería en el IPEM 56 “Abraham Juárez” sentí una emoción enorme. Había esperado que fuera en una escuela pública y desde el año anterior sospechaba que me tocaría allí. Lo interpreté como un gran desafío para mí.

Al momento de comenzar mi residencia en 6to año “Electricidad” me llevé una gran sorpresa: sólo había tres alumnas mujeres de los 18 alumnos que eran. Entré al aula y todos me observaban detenidamente. El profesor tutor me presentó ante ellos quienes, en un principio, no mostraron demasiado interés por mi llegada. Noté que eran un poco reticentes y desafiantes. No les gustaba mucho mi presencia allí ni mucho menos que me pusiera a charlar con ellos, contestaban cortante. A veces, en medio de una discusión entre ellos, se insultaban. Una chica me contó que era mamá y que tenía problemas para venir al colegio, me mostró la foto de su hijita. Cuando el profesor les explicaba algo o les daba una actividad, trabajaban tranquilamente.

Volví a casa ese día con una gran incertidumbre. Sentía que me iba a costar acostumbrarme al grupo ya que er
a distinto a lo que yo conocía por mi paso como alumna en el secundario y claro, siempre le tenemos miedo a lo diferente. Se me ocurrió pensar que esas chicas y chicos son las personas que, muchas veces, parte de la sociedad margina, relega o ignora por temor o por considerarlos distintos. Me propuse darles mi mayor atención y dedicación aunque me devolvieran una mirada endurecida. En ese momento, sentí y me pareció importante poner el amor como base para mirar al otro.

Luego me enfrenté con el desafío del tema que me tocaría desarrollar durante mi residencia. Observando la planificación del profesor tutor junto con las profesoras de la Práctica, me propusieron elegir el bloque: “Educación Sexual Integral”. “¿Quéeee?”, pensé. Me imaginé en ese momento dando una clase sobre órganos reproductores femeninos y masculinos; hasta que me informé. Leí material que las profesoras me pasaron y le pregunté al profesor tutor de qué se trataba esa temática. Tenía que elegir un tema de lengua o literatura que se pudiese enseñar con un enfoque dirigido hacia las relaciones de pareja, de amistad, hacia la construcción de la identidad, el respeto, etc. Me pareció muy interesante. Planteé como tema los estereotipos de mujer y de hombre y la violencia de género que podemos encontrar en las letras de las canciones.

A la hora de empezar con mis clases, me preocupaba que los chicos no se interesaran por el tema o no les gustaran las actividades; me inquietaba no poder expresarme adecuadamente o que no me comprendieran. Pero la incertidumbre más grande tenía que ver con algo que había pasado a lo largo de mi residencia: dos chicas habían dejado de ir a clases; una se había cambiado de colegio y la otra estaba con licencia por maternidad. La tercera no iba a clases casi nunca. Y me pregunté, ¿será un tema adecuado para un grupo puramente de varones, donde las canciones hablan de hombres que violentan a mujeres, en su mayoría?

El primer día de clases fue un encuentro. Ellos me conocían a mí como docente y yo a ellos como alumnos, cara a cara. Y como en un encuentro, algunos estaban más reticentes que otros. Algunos participaban y estaban atentos, otros no. Y volví a mi casa pensando en las palabras del profesor tutor: “dales tiempo”. Y sí, darles tiempo fue lo mejor. No fue fácil conocernos porque sólo nos veíamos los lunes y varios fueron feriados, pasaban muchos días entre clase y clase, había que refrescar el tema cada vez que nos encontrábamos y tratar de actualizar a los que habían faltado.

Ahora que mi residencia ya terminó puedo reflexionar sobre muchas cosas que hubiese cambiado en mi forma de enseñar, puedo pensar en todo lo que aprendí, en todo lo que acerté y en todo lo que me equivoqué. Pero hay algo fundamental que aprendí y que prefiero destacar antes que todo eso: los docentes trabajamos con personas, no con máquinas.

Un día llegaba a clase y ellos estaban dormidos, cansados, sin ganas de hacer nada. Al rato arrancaban con todo su ímpetu y participaban de los debates que organizaba. Otro día parecían muy predispuestos pero el tema no les gustaba del todo o les hacía “ruido” en su cabeza y ese era el momento en que planteaban su disconformidad, su visión, su opinión, su queja. “Las canciones son muy viejas”, me decían y me nombraban algunas más modernas para que trajera. “Usted es feminista”, me acusaban y se negaban a aceptar el estereotipo planteado por las canciones. “Nos taladra la cabeza con este tema”, se quejaban y manifestaban que adentro suyo estaba pasando algo.

Trabajar con personas implica replantearse todo el tiempo la clase. Planificamos algo pero en el “hacer” de una clase van surgiendo temas, preguntas, quejas, diálogos, como surgen en cualquier relación humana donde ambas personas se involucran. Ser creativos para canalizar todo eso es el desafío. Jamás me voy a olvidar de mi segunda clase. Ese día sentí que mi lugar estaba ahí y que la educación era lo mejor que le podía pasar a una persona. Debatimos mucho, surgieron historias de vida, de discriminación, temas difíciles para ellos, tan jóvenes en edad pero tan adultos en sus experiencias. Todos manifestaban sus opiniones, intercambiaban argumentos. Cada mirada, cada sonrisa, cada pregunta, todo fue una bendición. Les dije ese día cuánto me habían sorprendido, cuánto sabían. Vi en sus caras el orgullo, el sentimiento de sentirse valorados. Pensé en la importancia de que el docente resalte los logros de sus alumnas y alumnos más que sus faltas. Me preguntaron de mi vida y les conté sobre mi familia y el modelo de mujer y de hombre que mis padres representaban; escucharon con mucha atención y sentí que afianzábamos la confianza.

Ese día me fui pensando en todo lo que tienen para decir y para hacer. No paraba de pensar en que esa juventud que les sale por los poros, canalizada en favor del amor por el otro, del respeto, del conocimiento, esa juventud que reacciona ante las injusticias, que se toma el tiempo para agradecer, que valora, como lo hicieron ellos en muchos momentos en que me acerqué a ayudarles con alguna actividad... Esa juventud es la protagonista de un mundo más lindo. 
En esa semana leí una frase en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” de Jorge Luis Borges (1949) que no me la olvido más: “Cualquier destino por largo y complicado que sea consta en realidad de un solo momento. El momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.” En mi segundo día de clases yo supe quién era. Como dicen, hay en la vida un momento único que nos resume, justifica y organiza.

Elijo no olvidarme jamás de mi primer grupo de clase. No me olvido de los desafíos que me planteó ni de los momentos en que pensé que no podía. Voy a recordar cada rostro que sonreía, cada gesto que me demostró que escuchaban, que estaban pensando, que algo se movía en ellas y ellos. No me olvido de sus historias, sus enojos, sus caprichos, sus confrontaciones; me alegro de que eligieron hablar, antes que quedarse callados ante lo que les disgustaba. Lo que aprendí en todo este tiempo, no me lo olvido.

Quiero recordar siempre que me sorprendieron, que sabían más de lo que yo pensaba al principio. Que aunque hubo momentos difíciles fue parte de lo que significa la docencia, el encuentro, el trato con personas particulares, diversas, diferentes. No me olvido del humor y de la alegría, dos banderas que me ayudaron a no caer, a no dramatizar.

Siempre voy a volver al momento en que uno de ellos me dijo: “gracias”, por una simple ayuda, en que me contaron de su vida, o cuando alguno me preguntó dónde podía seguir sus estudios universitarios. Cuando sienta que la docencia no vale la pena (ojalá nunca), quiero recordar el momento en que sus ojos brillaron por un elogio, por sentirse valorados.

Voy a pensar de vez en cuando en las semillas, en tantos jardineros que las han sembrado y que no han visto sus frutos. Tal vez, la semilla era de un árbol que crece lento o de una flor que tarda en nacer. Tendrán que esperar la estación, el tiempo, la primavera justa. Aunque el jardinero no vea lo que su semilla logró, si fue fértil o estéril, siempre llevará en su corazón una esperanza.


Gabriela Zavala


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