Cuando las profesoras de Práctica Docente III me
confirmaron que mi residencia sería en el IPEM 56 “Abraham Juárez” sentí una
emoción enorme. Había esperado que fuera en una escuela pública y desde el año
anterior sospechaba que me tocaría allí. Lo interpreté como un gran desafío
para mí.
Al momento de comenzar mi residencia en 6to año
“Electricidad” me llevé una gran sorpresa: sólo había tres alumnas mujeres de
los 18 alumnos que eran. Entré al aula y todos me observaban detenidamente. El
profesor tutor me presentó ante ellos quienes, en un principio, no mostraron
demasiado interés por mi llegada. Noté que eran un poco reticentes y
desafiantes. No les gustaba mucho mi presencia allí ni mucho menos que me
pusiera a charlar con ellos, contestaban cortante. A veces, en medio de una
discusión entre ellos, se insultaban. Una chica me contó que era mamá y que
tenía problemas para venir al colegio, me mostró la foto de su hijita. Cuando
el profesor les explicaba algo o les daba una actividad, trabajaban
tranquilamente.
Volví
a casa ese día con una gran incertidumbre. Sentía que me iba a costar
acostumbrarme al grupo ya que er
Luego
me enfrenté con el desafío del tema que me tocaría desarrollar durante mi
residencia. Observando la planificación del profesor tutor junto con las
profesoras de la Práctica, me propusieron elegir el bloque: “Educación Sexual
Integral”. “¿Quéeee?”, pensé. Me imaginé en ese momento dando una clase sobre
órganos reproductores femeninos y masculinos; hasta que me informé. Leí
material que las profesoras me pasaron y le pregunté al profesor tutor de qué
se trataba esa temática. Tenía que elegir un tema de lengua o literatura que se
pudiese enseñar con un enfoque dirigido hacia las relaciones de pareja, de
amistad, hacia la construcción de la identidad, el respeto, etc. Me pareció muy
interesante. Planteé como tema los estereotipos de mujer y de hombre y la
violencia de género que podemos encontrar en las letras de las canciones.
A la hora de empezar con mis clases, me preocupaba que
los chicos no se interesaran por el tema o no les gustaran las actividades; me
inquietaba no poder expresarme adecuadamente o que no me comprendieran. Pero la
incertidumbre más grande tenía que ver con algo que había pasado a lo largo de
mi residencia: dos chicas habían dejado de ir a clases; una se había cambiado
de colegio y la otra estaba con licencia por maternidad. La tercera no iba a
clases casi nunca. Y me pregunté, ¿será un tema adecuado para un grupo
puramente de varones, donde las canciones hablan de hombres que violentan a mujeres,
en su mayoría?
El primer día de clases fue un encuentro. Ellos me
conocían a mí como docente y yo a ellos como alumnos, cara a cara. Y como en un
encuentro, algunos estaban más reticentes que otros. Algunos participaban y
estaban atentos, otros no. Y volví a mi casa pensando en las palabras del
profesor tutor: “dales tiempo”. Y sí, darles tiempo fue lo mejor. No fue fácil
conocernos porque sólo nos veíamos los lunes y varios fueron feriados, pasaban
muchos días entre clase y clase, había que refrescar el tema cada vez que nos
encontrábamos y tratar de actualizar a los que habían faltado.
Ahora que mi residencia ya terminó puedo reflexionar
sobre muchas cosas que hubiese cambiado en mi forma de enseñar, puedo pensar en
todo lo que aprendí, en todo lo que acerté y en todo lo que me equivoqué. Pero
hay algo fundamental que aprendí y que prefiero destacar antes que todo eso: los
docentes trabajamos con personas, no con máquinas.
Un día llegaba a clase y ellos estaban dormidos,
cansados, sin ganas de hacer nada. Al rato arrancaban con todo su ímpetu y
participaban de los debates que organizaba. Otro día parecían muy predispuestos
pero el tema no les gustaba del todo o les hacía “ruido” en su cabeza y ese era
el momento en que planteaban su disconformidad, su visión, su opinión, su
queja. “Las canciones son muy viejas”, me decían y me nombraban algunas más
modernas para que trajera. “Usted es feminista”, me acusaban y se negaban a
aceptar el estereotipo planteado por las canciones. “Nos taladra la cabeza con
este tema”, se quejaban y manifestaban que adentro suyo estaba pasando algo.
Trabajar con personas implica replantearse todo el tiempo
la clase. Planificamos algo pero en el “hacer” de una clase van surgiendo
temas, preguntas, quejas, diálogos, como surgen en cualquier relación humana
donde ambas personas se involucran. Ser creativos para canalizar todo eso es el
desafío. Jamás me voy a olvidar de mi segunda clase. Ese día sentí que mi lugar
estaba ahí y que la educación era lo mejor que le podía pasar a una persona.
Debatimos mucho, surgieron historias de vida, de discriminación, temas
difíciles para ellos, tan jóvenes en edad pero tan adultos en sus experiencias.
Todos manifestaban sus opiniones, intercambiaban argumentos. Cada mirada, cada
sonrisa, cada pregunta, todo fue una bendición. Les dije ese día cuánto me
habían sorprendido, cuánto sabían. Vi en sus caras el orgullo, el sentimiento
de sentirse valorados. Pensé en la importancia de que el docente resalte los
logros de sus alumnas y alumnos más que sus faltas. Me preguntaron de mi vida y
les conté sobre mi familia y el modelo de mujer y de hombre que mis padres
representaban; escucharon con mucha atención y sentí que afianzábamos la
confianza.
Ese día me fui pensando en todo lo que tienen para decir
y para hacer. No paraba de pensar en que esa juventud que les sale por los
poros, canalizada en favor del amor por el otro, del respeto, del conocimiento,
esa juventud que reacciona ante las injusticias, que se toma el tiempo para
agradecer, que valora, como lo hicieron ellos en muchos momentos en que me
acerqué a ayudarles con alguna actividad... Esa juventud es la
protagonista de un mundo más lindo.
En esa semana leí una frase en “Biografía de Tadeo
Isidoro Cruz” de Jorge Luis Borges (1949) que no me la olvido más: “Cualquier
destino por largo y complicado que sea consta en realidad de un solo momento.
El momento en el que el hombre sabe para siempre quién es.” En mi segundo día
de clases yo supe quién era. Como dicen, hay en la vida un momento único que
nos resume, justifica y organiza.
Elijo no olvidarme jamás de mi primer grupo de clase. No
me olvido de los desafíos que me planteó ni de los momentos en que pensé que no
podía. Voy a recordar cada rostro que sonreía, cada gesto que me demostró que
escuchaban, que estaban pensando, que algo se movía en ellas y ellos. No me
olvido de sus historias, sus enojos, sus caprichos, sus confrontaciones; me
alegro de que eligieron hablar, antes que quedarse callados ante lo que les
disgustaba. Lo que aprendí en todo este tiempo, no me lo olvido.
Quiero recordar siempre que me sorprendieron, que sabían
más de lo que yo pensaba al principio. Que aunque hubo momentos difíciles fue
parte de lo que significa la docencia, el encuentro, el trato con personas particulares,
diversas, diferentes. No me olvido del humor y de la alegría, dos banderas que
me ayudaron a no caer, a no dramatizar.
Siempre voy a volver al momento en que uno de ellos me
dijo: “gracias”, por una simple ayuda, en que me contaron de su vida, o cuando
alguno me preguntó dónde podía seguir sus estudios universitarios. Cuando
sienta que la docencia no vale la pena (ojalá nunca), quiero recordar el
momento en que sus ojos brillaron por un elogio, por sentirse valorados.
Voy a pensar de vez en cuando en las semillas, en tantos
jardineros que las han sembrado y que no han visto sus frutos. Tal vez, la
semilla era de un árbol que crece lento o de una flor que tarda en nacer.
Tendrán que esperar la estación, el tiempo, la primavera justa. Aunque el jardinero
no vea lo que su semilla logró, si fue fértil o estéril, siempre llevará en su
corazón una esperanza.
Gabriela Zavala

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