domingo, 15 de noviembre de 2015

Experiencia de Micaela Pereyra

(Buenas tardes a todos, gracias por compartir estas experiencias con nosotras, yo soy Micaela Pereyra y transité mi residencia y prácticas en 4to año del colegio Manuel Ocampo. Comencé en abril con las residencias, conociéndonos con el  curso y observando la forma de trabajar de la profesora titular, ayudándole en las actividades, en los parciales y demás. En septiembre pude desarrollar el género grotesco criollo, dentro de la unidad de género dramático, con una planificación integral ocupándome, junto a la sugerencia y el pilar de mis compañeras y mis profesoras de la cátedra, de las modalidades de las clases, las producciones finales, los criterios de evaluación y sobretodo las consignas.
Agradezco a la institución como a la profesora Eugenia por el respeto, el cariño, la empatía y la enseñanza brindada en estos meses.
Quiero compartir con todos y todas lo que resultó mi experiencia en las prácticas)

“Este es mi último día de las prácticas…” escribía ese día en la sala de profesores esperando que se hiciera la hora de entrar a clases. Era el último día de un trayecto que había soñado durante los años de mi carrera y yo ya no era la misma.  Fueron 7 clases y la unidad fue: “Género Dramático - el grotesco criollo argentino”  

Las ideas y las planificaciones que se me habían ocurrido al principio excedían el tiempo que disponía para llevar a cabo mis clases. Fue preciso entonces replantearme toda una idea que ya había visualizado concretada y por otro lado sentir cómo ese miedo a lo otro, a lo que no había pensado-imaginado a lo que no había descubierto iba creciendo a medida que pasaban los días y yo me quedaba llorando, enojándome, mirando la hoja en blanco sin saber qué hacer. ¿Pero cómo era posible que no se me cayera una idea habiendo tantas, tantísimas formas, teniendo la ventaja de la residencia, de conocer el grupo, la profesora?

Leí los libros que necesité, releí las sugerencias de las profes, hablé con mis compañeras y despacio empecé a pensar sobre lo que podría servir. Eso me incentivó, lo utilicé como base para repensar mi planificación, entonces aprendí que no tengo que preocuparme si en las clases no hay un lugar en donde dar una exposición acerca de la teoría, porque ella viene acompañada del descubrimiento y la práctica, en el hacer. Es por eso que empezamos la clase leyendo a Mateo, de Armando Discépolo.

Aprendimos a leer y escribir guiones, el tema central las primeras clases fue el lenguaje, las variaciones lingüísticas, el Cocoliche, las diferencias sociales y culturales de los diferentes sectores. Pudimos conversar sobre la inmigración, sobre los trabajos que desaparecieron o tienden a desparecer, y eso fue dejando a luz las características del grotesco criollo. Pudimos complementar todo esto con lecturas e investigaciones en páginas web y videos y con el teatro leído que Julieta Dominguez, Gabriela Zavala, Milena Melgarejo y Lourdes Oliva realizaron con el acto 2 de Mateo en una de las clases.


Como actividad final llegaba la hora de la producción escrita de los chicos. Debían crear en grupo un acto del género grotesco. El trabajo se intensificó,  los grupos se unieron y yo experimenté la sensación cuando te llaman: ¡profe!, ¡profe! de grupos distintos y todos querer que esté leyendo lo de ellos, ¡ahora! ¡Ya!. Qué hermosa y rara sensación… pensémoslo como si lo estuviéramos viendo desde arriba. Yo, Micaela Pereyra, (ustedes imagínense ustedes mismos) de 24 años, yendo y viniendo de un grupo al otro, y todos los chicos y las chicas te entregan la hoja y te dice: -“profe, ¿así está bien?”, mientras otros te miran a los ojos y te cuentan lo que estuvieron creando colectivamente y los ves a ellos y a ellas, confiando en vos, ansiosos por saber si “está bien”, “está bueno”, “está lindo” lo que hicieron y vos pensando que sos la persona a quien están mirando, de quienes aprenden sin saber que nosotros aprendemos también de ellos. En nuestro curso, por ejemplo, una vez que hablamos del Cocoliche ellos leyeron con acento cordobés, se apropiaron de una forma de hablar que para ellos era cocoliche y era muy divertido, le sumaba muchísimo a la lectura, todos estaban atrapados en el guión, también pude explicar la consigna, dar ejemplos y escuchar los de ellos y se reunieron en grupo para construir el trabajo final. Pusieron música y se pusieron a trabajar.

Pensé que todo se estaba desviando del objetivo de mi consigna cuando me pidieron hacer grupos mas grandes de los que yo había planeado, pero los dejé porque estaban trabajando bien y porque realmente vi que querían juntarse para complementar las ideas que tenian, me ponía contenta de ver que ellos estaban interesado en las consignas y tenían muy buenas ideas para escribir que surgieron de ellos y del curso en la lluvia de ideas que habíamos hecho a modo de ejemplo en la misma consigna. Se estaban divirtiendo.

 Y ahí es cuando se construyen momentos en que te abrazan o hacen chistes, o te mandan mensajes al celular contándote como salió la mamá de una operación, o te mandan fotos de selfies que te sacaste con ellas, o te dan a su bebito recién nacida para que cargues…
Entonces pensamos… ¿qué queremos para todas estas personitas? ¿Qué deseamos para todas ellas y qué estamos haciendo nosotros, los y las profes, para que eso sea así? ¿Con cuántas ganas hacemos lo que hacemos, cuánto amamos de lo que estamos haciendo, hasta donde estamos dispuestos a llegar por una educación dada por el descubrimiento, la poesía, el trabajo y el amor? ¿Cuánto vamos a conversar con ellos y ellas sobre sus futuros, cuándo vamos a escucharlos, a saber qué planean hacer, qué cosas les gustan y qué no? ¿Cuándo vamos a unir el conocimiento disciplinar con las cosas vividas, experimentadas, entendiendo y encontrando su relación? porque la tiene, y porque ahí está nuestro trabajo, en hacerlo didácticamente.

 Que el conocimiento provoque placer en quienes aprenden y también en quienes enseñan. Porque les aseguro, a mí me llenó el alma y cómo finalizaba mi escrito ese último día de las prácticas: “Hoy los grupos actúan sus producciones. Sé que esperan este momento como yo. Sé que se estuvieron preparando en sus casas, entre ellos y los grupos. Me dieron algunas hojas para que fuera revisando pero no hizo falta porque en las clases fuimos construyendo la historia. Han hecho un trabajo maravilloso. Estoy muy feliz y ansiosa por ver cómo han preparado todo. Me llevo de ellos la alegría, la vida joven, el alma de niños disfrazados de adultos, su inocencia ante el mundo que ellos (y todos) creemos conocer muy bien. Me llevo las sonrisas, las lágrimas, sus nombres, sus historias. Me llevo la esencia de todo el curso.
Les dejo mi alma, mi experiencia, los miedos los dejamos el primer día, tan solo espero haberles dejado un conocimiento, un pedacito de literatura, haber movido en ellos sus cabezas, cuerpos y corazón como ellos movieron mi vida entera”

Micaela Pereyra






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