(Buenas
tardes a todos, gracias por compartir estas experiencias con nosotras, yo soy
Micaela Pereyra y transité mi residencia y prácticas en 4to año del colegio
Manuel Ocampo. Comencé en abril con las residencias, conociéndonos con el curso y observando la forma de trabajar de la
profesora titular, ayudándole en las actividades, en los parciales y demás. En
septiembre pude desarrollar el género grotesco criollo, dentro de la unidad de
género dramático, con una planificación integral ocupándome, junto a la
sugerencia y el pilar de mis compañeras y mis profesoras de la cátedra, de las
modalidades de las clases, las producciones finales, los criterios de
evaluación y sobretodo las consignas.
Agradezco
a la institución como a la profesora Eugenia por el respeto, el cariño, la
empatía y la enseñanza brindada en estos meses.
Quiero
compartir con todos y todas lo que resultó mi experiencia en las prácticas)
“Este
es mi último día de las prácticas…” escribía ese día en la sala de
profesores esperando que se hiciera la hora de entrar a clases. Era el último
día de un trayecto que había soñado durante los años de mi carrera y yo ya no
era la misma. Fueron 7 clases y la
unidad fue: “Género Dramático - el grotesco criollo argentino”
Las ideas y las planificaciones que se me
habían ocurrido al principio excedían el tiempo que disponía para llevar a cabo
mis clases. Fue preciso entonces replantearme toda una idea que ya había
visualizado concretada y por otro lado sentir cómo ese miedo a lo otro, a lo
que no había pensado-imaginado a lo que no había descubierto iba creciendo a
medida que pasaban los días y yo me quedaba llorando, enojándome, mirando la
hoja en blanco sin saber qué hacer. ¿Pero cómo era posible que no se me cayera
una idea habiendo tantas, tantísimas formas, teniendo la ventaja de la
residencia, de conocer el grupo, la profesora?
Leí los libros que necesité, releí las
sugerencias de las profes, hablé con mis compañeras y despacio empecé a pensar
sobre lo que podría servir. Eso me incentivó, lo utilicé como base para
repensar mi planificación, entonces aprendí que no tengo que preocuparme si en
las clases no hay un lugar en donde dar una exposición acerca de la teoría, porque
ella viene acompañada del descubrimiento y la práctica, en el hacer. Es por eso
que empezamos la clase leyendo a Mateo, de
Armando Discépolo.
Aprendimos a leer y escribir guiones, el tema
central las primeras clases fue el lenguaje, las variaciones lingüísticas, el
Cocoliche, las diferencias sociales y culturales de los diferentes sectores. Pudimos conversar sobre la inmigración, sobre los trabajos que desaparecieron o
tienden a desparecer, y eso
fue dejando a luz las características del grotesco criollo. Pudimos
complementar todo esto con lecturas e investigaciones en páginas web y videos y con el teatro leído que Julieta Dominguez, Gabriela Zavala, Milena Melgarejo y Lourdes Oliva realizaron con el acto 2 de Mateo en una de las clases.
Como
actividad final llegaba la hora de la producción escrita de los chicos. Debían
crear en grupo un acto del género grotesco. El trabajo se intensificó, los grupos se unieron y yo experimenté la
sensación cuando te llaman: ¡profe!, ¡profe! de grupos distintos y todos querer
que esté leyendo lo de ellos, ¡ahora! ¡Ya!. Qué hermosa y rara sensación…
pensémoslo como si lo estuviéramos viendo desde arriba. Yo, Micaela Pereyra,
(ustedes imagínense ustedes mismos) de 24 años, yendo y viniendo de un grupo al
otro, y todos los chicos y las chicas te entregan la hoja y te dice: -“profe,
¿así está bien?”, mientras otros te miran a los ojos y te cuentan lo que
estuvieron creando colectivamente y los ves a ellos y a ellas, confiando en
vos, ansiosos por saber si “está bien”, “está bueno”, “está lindo” lo que
hicieron y vos pensando que sos la persona a quien están mirando, de quienes
aprenden sin saber que nosotros aprendemos también de ellos. En nuestro curso,
por ejemplo, una vez que hablamos del Cocoliche ellos leyeron con acento
cordobés, se apropiaron de una forma de hablar que para ellos era cocoliche y
era muy divertido, le sumaba muchísimo a la lectura, todos estaban atrapados en
el guión, también pude explicar la consigna, dar ejemplos y escuchar los de
ellos y se reunieron en grupo para construir el trabajo final. Pusieron música
y se pusieron a trabajar.
Pensé
que todo se estaba desviando del objetivo de mi consigna cuando me pidieron
hacer grupos mas grandes de los que yo había planeado, pero los dejé porque
estaban trabajando bien y porque realmente vi que querían juntarse para
complementar las ideas que tenian, me ponía contenta de ver que ellos estaban
interesado en las consignas y tenían muy buenas ideas para escribir que
surgieron de ellos y del curso en la lluvia de ideas que habíamos hecho a modo
de ejemplo en la misma consigna. Se estaban divirtiendo.
Y ahí es
cuando se construyen momentos en que te abrazan o hacen chistes, o te mandan
mensajes al celular contándote como salió la mamá de una operación, o te mandan
fotos de selfies que te sacaste con ellas, o te dan a su bebito recién nacida
para que cargues…
Entonces
pensamos… ¿qué queremos para todas estas personitas? ¿Qué deseamos para todas
ellas y qué estamos haciendo nosotros, los y las profes, para que eso sea así?
¿Con cuántas ganas hacemos lo que hacemos, cuánto amamos de lo que estamos
haciendo, hasta donde estamos dispuestos a llegar por una educación dada por el
descubrimiento, la poesía, el trabajo y el amor? ¿Cuánto vamos a conversar con
ellos y ellas sobre sus futuros, cuándo vamos a escucharlos, a saber qué
planean hacer, qué cosas les gustan y qué no? ¿Cuándo vamos a unir el
conocimiento disciplinar con las cosas vividas, experimentadas, entendiendo y
encontrando su relación? porque la tiene, y porque ahí está nuestro trabajo, en hacerlo didácticamente.
Que el
conocimiento provoque placer en quienes aprenden y también en quienes enseñan.
Porque les aseguro, a mí me llenó el alma y cómo finalizaba mi escrito ese
último día de las prácticas: “Hoy los
grupos actúan sus producciones. Sé que esperan este momento como yo. Sé que se
estuvieron preparando en sus casas, entre ellos y los grupos. Me dieron algunas
hojas para que fuera revisando pero no hizo falta porque en las clases fuimos
construyendo la historia. Han hecho un trabajo maravilloso. Estoy muy feliz y
ansiosa por ver cómo han preparado todo. Me llevo de ellos la alegría, la vida
joven, el alma de niños disfrazados de adultos, su inocencia ante el mundo que
ellos (y todos) creemos conocer muy bien. Me llevo las sonrisas, las lágrimas,
sus nombres, sus historias. Me llevo la esencia de todo el curso.
Les
dejo mi alma, mi experiencia, los miedos los dejamos el primer día, tan solo
espero haberles dejado un conocimiento, un pedacito de literatura, haber movido
en ellos sus cabezas, cuerpos y corazón como ellos movieron mi vida entera”



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