domingo, 15 de noviembre de 2015

Experiencia de Giuliana Capellino

La siguiente ponencia surge a partir de la experiencia que tuve como residente en una institución de nivel medio en la ciudad de Villa María en el marco de la cátedra Práctica Profesional Docente III.
Parecía algo tan lejano, pero llegó a su debido tiempo, ¡Por fin las prácticas! Una semana antes ya me preparaba para empezar y me preguntaba en todo momento qué me faltaba; quería tener todo bajo control, algo muy difícil de lograr. Ensayé muchísimas veces cómo debía decir mi nombre en frente del curso, cómo me presentaría, cómo diría quien soy.  Elegí un cuaderno nuevo y le puse como título “Sexto año A”  - Instituto San Antonio.

No lograba evitar los nervios, dentro de unas horas me pararía frente a un curso sin conocer demasiado al colegio, al profe y a los alumnos. Sin embargo, cuando Beatriz, la profesora de práctica, me acompañó hasta la entrada y me presentó al profesor tutor, todo cambió. Me sentí muy acompañada. Ese primer día conocí a los alumnos, los noté un poco distantes conmigo, me observaban y murmuraban algo entre ellos. Cuando terminó la hora de clase, mientras salíamos, Claudio, el profesor tutor, me dijo que con el tiempo los chicos me iban a dar más confianza, que me quedara tranquila.

Con el transcurrir de las clases, mi preocupación aumentó; por momentos sentía que no pertenecía a ese lugar, que era ajena a ese curso, a esos alumnos. Los chicos sólo se dirigían a mí cuando Claudio les pedía que me consultaran sobre las actividades, pero no lo hacían sin su pedido.

Sin darme cuenta, cada clase fui participando un poquito más, empecé a conocer a cada uno de los chicos, escuché por primera vez que me llamaban “profe” y no por mi nombre. A partir de ahí, comencé a sentir que ellos confiaba en mí, me preguntaban sobre las actividades, si estaba bien escrita alguna palabra, si habían entendido bien las consignas. Desde el primer momento, el profe Claudio me cedió un espacio importante en el aula, me alentó para que me desenvolviera con confianza y con total libertad en ese espacio. Cada clase me sirvió para aprender que un mismo tema se puede enseñar de muchas formas.

Recuerdo que un día, al llegar al colegio, el profe Claudio me preguntó si me animaba a dar una clase que se había planeado para todos los cursos. La actividad consistía en leer un cuento y luego, después de una breve reflexión, realizar una historieta. Me sentí muy bien ese día, los chicos siguieron la actividad y me respondían con mucho respeto y ánimo. Fue un estilo de ensayo antes de llevar a cabo mis clases. Eso me ayudó a sentir que si había llegado hasta ahí era porque podía lograr todo lo que me propusiera. Sin dudas, ese día se generó un vínculo más fuerte entre los alumnos y yo.

Rápidamente llegó el 18 de agosto. El tema que había seleccionado con la ayuda de Claudio era: “M´hijo el dotor” y el teatro argentino. Tenía miles de dudas, qué elegir de todo lo que había para enseñar sobre la obra de Florencio Sánchez. Quería que los chicos se motivaran con el tema, que fuera una buena experiencia, para ellos y para mí. Recuperé todos los materiales y los apuntes de la cátedra de Literatura argentina y empecé a leer recordando qué se había destacado en cuanto a la obra. En un primer momento, se me ocurrió que ellos mismos leyeran la obra distribuyéndose los personajes. Más tarde, gracias a la ayuda de Beatriz y Graciela, profesoras a cargo de la residencia, comprendí que la obra no iba a ser fácil de entender debido a las variedades lingüísticas que presenta, muchas palabras iban a ser desconocidas para los chicos y eso podía hacer que la lectura no se interpretara. En palabras de Beatriz Bixio,
Toda variedad de la lengua tiene un complejo sistema gramatical, no existe un sociolecto sin reglas de estructura y combinación de sus elementos. No existe un déficit entre una variedad y otra, solo una diferencia. Fue fundamental aclarar que una variación socio-regional no puede ser interpretada en términos de carencia sino de diferencias que atañen a distintos niveles (fonético, morfológico, semántico) (Bixio, 2012)
Es por ello que decidí invitar a un grupo de compañeros para que hiciera teatro leído. La idea surgió unos días antes de empezar, por lo que me puse muy nerviosa, el guión conjetural, mi plan de posibles acciones durante las prácticas, estaba cambiando sobre la marcha, no sabía si iba a funcionar. Por suerte, los chicos que me ayudaron, se comprometieron mucho y me hicieron sentir que todo iba a salir bien. Nos dividimos los personajes y nos juntamos a practicar. Cada reunión fue muy divertida, nunca faltaron los consejos por parte de los narradores, todos me demostraron mucho interés. Esos días noté que los profes no estamos solos, se me hace indispensable destacar la importancia que tiene formar un equipo para llevar algo nuevo y distinto a las aulas, para construir algo que despierte a los alumnos de las tareas de rutina a la que están tan acostumbrados.

Cuando llegó el momento de la representación noté que los chicos estaban acostados arriba de los bancos, esperando ver en que consistía esa modificación del espacio y qué venían a hacer esos chicos nuevos. Al comenzar la clase les presenté a mis compañeros, les comenté que la clase consistiría en la representación leída de la obra “M´hijo el dotor”. Los alumnos seguían sin demostrar demasiado interés, pero inmediatamente, los gritos del gurí, llamando a mariquita con desesperación y torpeza lograron un gracioso llamado de atención para los alumnos. La obra se desencadenó de repente, los lectores-actores sorprendieron con la actuación, por momentos los alumnos se reían a carcajadas, en otros momentos se encontraban serios.

Yo estaba que me comía las uñas y rogando que nos alcanzara el tiempo. Al finalizar con la obra los chicos se quedaron estáticos, pensaron que habíamos cortado la representación porque faltaba un minuto para el recreo, gritaban desde distintas partes del aula “quiero saber el final”, “sigan, ahora queremos saber el final”. Les expliqué que la obra cuenta con ese final, así termina realmente. 

Comenzaron a quejarse, “¡Cómo puede terminar así!”, “No, yo voy a hablar con el autor, no puede terminar así”. Me di cuenta que esa inquietud podría ser la punta del ovillo que me ayudaría a desarrollar una conversación la próxima clase. Es fundamental que los profesores estemos atentos cuando algo les genera ruido a nuestros alumnos, sin dudas, cada cuestionamiento es un punto de partida muy atractivo para incentivarlos a volver a pensar. Así mismo, antes de que nos retiráramos, aplaudieron a los invitados y Claudio los felicitó también. Mientras volvía a casa, pensaba en la inquietud que habían tenido los alumnos en cuanto a la obra. Me sentí bien por haber generado eso, si mostraron esa postura es porque algo de la obra les llamó la atención, algo les generó. Preferí esa reacción ante la conformidad. Sin dudas, el final de la obra era motivo de discusión para la próxima clase.

El segundo día de clases como profe se basó en una conversación con los alumnos, les pregunté qué les había parecido, qué opinaban del final de la obra, qué impresión les dejaron los personajes, entre otras cosas. Noté que todos estaban interesados y hablaban de la obra de Florencio Sánchez como algo tan cotidiano que me gustó, hicieron de la obra algo propio, de ellos. A continuación les pregunté, ¿por qué querían seguir estudiando el año próximo? ¿Por qué todos optaban por estudiar en vez de trabajar? Comenzaron a explicar la situación de cada uno y se mostraban muy firmes en sus convicciones, inmediatamente les pregunté si el personaje Julio de la obra “M´hijo el dotor” piensa lo mismo en la obra. Comenzamos a considerar que la obra representa una situación actual, por la que ellos están transitando en este momento. Más allá de que haya sido publicada en el año 1903.

Al finalizar las practicas, pude ver que esta fue una de las clases más productivas. Trajimos a la actualidad la obra, hablamos de las problemáticas que presenta y cómo se dan hoy en día. Me gustó el debate que se formó porque de una u otra forma revitalizamos la obra, siento que los chicos se desprendieron de ese prejuicio que tienen impregnado cuando se les presenta una obra que tiene más de cien años. En ningún momento escuché que era aburrido, que era un libro viejo, desactualizado, por el contrario.  Me sorprendí de todo lo que tienen para decir, son inagotables sus ideas, me encantó escucharlos y noté que a ellos les encanta que se los escuche, todos tenían algo para decir, y nos tomamos el tiempo de escucharnos todos.

Con el paso de las clases fui notando que algunas actividades funcionaron mejor que otras, aún hoy, a varios días de haber culminado con las prácticas sigo reflexionando acerca de lo que hubiera funcionado mejor, o lo que tendría que haber cambiado. Me quedo conforme en cuanto a la heterogeneidad del trabajo, porque cada alumno pudo realizar aportes desde su lugar, desde su perspectiva y desde sus ideas. Es necesario que como profes planifiquemos las clases, espacios y grupos desde la pluralidad, cada alumno debería contar con el derecho de ser educado teniendo en cuenta sus particularidades, no todos trabajan y aprenden de la misma manera, sería absurdo pretender que todos los alumnos culminen una unidad de trabajo con aprendizajes idénticos. El proceso por el que transcurren los alumnos en el momento de aprender es particular y depende de su situación socio – cultural y de su identidad. Esto resume básicamente lo que se trabajó en la segunda clase. Para realizar la lectura de Jitrik y Prieto, cada alumno debía decidir cómo organizar la información que nos brindaba el material con el que trabajamos, les propuse organizar los temas en cuadros conceptuales, ítems, o subrayando del apunte. Al finalizar esta clase noté que cada uno había considerado distintas cosas en los textos. Además de aportar lo que el material proponía, cada uno contaba alguna experiencia propia o establecían alguna relación nueva con lo conversado la clase anterior.

Mis prácticas culminaron con una propuesta de escritura, fueron las clases que más disfruté. Tenía más dudas que certezas, no sabía cómo generar un problema para que los alumnos sintieran la necesidad de resolverlo. Cómo lograr una consigna que no cayera en la ambigüedad, que lograra ser específica, que no estuviera incompleta, fueron algunas de mis inquietudes. Además, con esta actividad final debía evaluar los temas que cada uno de los chicos incorporó. Eso le sumaba un plus de dificultad a la tarea de formular una buena consigna. Finalmente, propuse dos temas, una serie de procedimientos y dos géneros discursivos. Una de las opciones constaba de la transformación de una o más escenas de la obra “M´hijo el dotor”, la otra, consistía en la creación de un breve relato, teniendo en cuenta como punto de partida un personaje, alguna situación, algún conflicto de la obra.
Se propuso esta actividad en el marco de un aula-taller, en la que los chicos podían consultarse ideas entre ellos, buscar recursos apropiados, charlar sobre la elección del narrador y las variedades lingüísticas. En palabras de Maite Alvarado,
“…a través de consignas de taller, consignas de invención cuidadosamente formuladas, resulta mucho más sencillo entender en qué consiste la coherencia del texto o cual es el valor de los modos y los tiempos verbales. La modalidad de taller permite desarrollar los contenidos curriculares vinculados a la lengua escrita, aprovechando la oportunidad de inventar mundos e historias, personajes y situaciones, lo que devuelve a la práctica de la escritura la motivación perdida.” (Alvarado, pág. 161)

Para concluir, puedo decir que los profesores de Lengua y Literatura tenemos una hermosa tarea por delante, el trabajo con la escritura y la literatura. Bárcena Orbe nos ayuda a preguntarnos ¿De qué se protege un lector mientras lee y un escritor cuando escribe? No de la vida, sino de cierta forma de vida. La lectura y la escritura posibilitan un cambio, que depende de una apertura al mundo y de una experiencia casi imposible de silencio. Cuando leemos nos ponemos en contacto con todos los que nos precedieron para reconocer, tal vez, alguna singular deuda. Cuando escribimos aprendemos a ser mortales y finitos: para vivir y para morir, para dejarnos conocer por los que vendrán.

María Giuliana Capellino


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