La siguiente ponencia surge
a partir de la experiencia que tuve como residente en una institución de nivel
medio en la ciudad de Villa María en el marco de la cátedra Práctica
Profesional Docente III.
Parecía algo tan lejano,
pero llegó a su debido tiempo, ¡Por fin las prácticas! Una semana antes ya me
preparaba para empezar y me preguntaba en todo momento qué me faltaba; quería
tener todo bajo control, algo muy difícil de lograr. Ensayé muchísimas veces
cómo debía decir mi nombre en frente del curso, cómo me presentaría, cómo diría
quien soy. Elegí un cuaderno nuevo y le
puse como título “Sexto año A” -
Instituto San Antonio.
No lograba evitar los
nervios, dentro de unas horas me pararía frente a un curso sin conocer
demasiado al colegio, al profe y a los alumnos. Sin embargo, cuando Beatriz, la
profesora de práctica, me acompañó hasta la entrada y me presentó al profesor
tutor, todo cambió. Me sentí muy acompañada. Ese primer día conocí a los
alumnos, los noté un poco distantes conmigo, me observaban y murmuraban algo entre
ellos. Cuando terminó la hora de clase, mientras salíamos, Claudio, el profesor
tutor, me dijo que con el tiempo los chicos me iban a dar más confianza, que me
quedara tranquila.
Con el transcurrir de las clases,
mi preocupación aumentó; por momentos sentía que no pertenecía a ese lugar, que
era ajena a ese curso, a esos alumnos. Los chicos sólo se dirigían a mí cuando
Claudio les pedía que me consultaran sobre las actividades, pero no lo hacían
sin su pedido.
Sin darme cuenta, cada clase
fui participando un poquito más, empecé a conocer a cada uno de los chicos,
escuché por primera vez que me llamaban “profe” y no por mi nombre. A partir de
ahí, comencé a sentir que ellos confiaba en mí, me preguntaban sobre las
actividades, si estaba bien escrita alguna palabra, si habían entendido bien
las consignas. Desde el primer momento, el profe Claudio me cedió un espacio
importante en el aula, me alentó para que me desenvolviera con confianza y con
total libertad en ese espacio. Cada clase me sirvió para aprender que un mismo
tema se puede enseñar de muchas formas.
Recuerdo que un día, al
llegar al colegio, el profe Claudio me preguntó si me animaba a dar una clase
que se había planeado para todos los cursos. La actividad consistía en leer un
cuento y luego, después de una breve reflexión, realizar una historieta. Me
sentí muy bien ese día, los chicos siguieron la actividad y me respondían con
mucho respeto y ánimo. Fue un estilo de ensayo antes de llevar a cabo mis
clases. Eso me ayudó a sentir que si había llegado hasta ahí era porque podía
lograr todo lo que me propusiera. Sin dudas, ese día se generó un vínculo más
fuerte entre los alumnos y yo.
Rápidamente llegó el 18 de
agosto. El tema que había seleccionado con la ayuda de Claudio era: “M´hijo el dotor” y el teatro argentino.
Tenía miles de dudas, qué elegir de todo lo que había para enseñar sobre la
obra de Florencio Sánchez. Quería que los chicos se motivaran con el tema, que
fuera una buena experiencia, para ellos y para mí. Recuperé todos los
materiales y los apuntes de la cátedra de Literatura argentina y empecé a leer
recordando qué se había destacado en cuanto a la obra. En un primer momento, se
me ocurrió que ellos mismos leyeran la obra distribuyéndose los personajes. Más
tarde, gracias a la ayuda de Beatriz y Graciela, profesoras a cargo de la
residencia, comprendí que la obra no iba a ser fácil de entender debido a las
variedades lingüísticas que presenta, muchas palabras iban a ser desconocidas
para los chicos y eso podía hacer que la lectura no se interpretara. En
palabras de Beatriz Bixio,
Toda variedad de la lengua tiene un complejo sistema
gramatical, no existe un sociolecto sin reglas de estructura y combinación de
sus elementos. No existe un déficit entre una variedad y otra, solo una
diferencia. Fue fundamental aclarar que una variación socio-regional no puede ser
interpretada en términos de carencia sino de diferencias que atañen a distintos
niveles (fonético, morfológico, semántico) (Bixio, 2012)
Es por ello que decidí
invitar a un grupo de compañeros para que hiciera teatro leído. La idea surgió
unos días antes de empezar, por lo que me puse muy nerviosa, el guión
conjetural, mi plan de posibles acciones durante las prácticas, estaba
cambiando sobre la marcha, no sabía si iba a funcionar. Por suerte, los chicos
que me ayudaron, se comprometieron mucho y me hicieron sentir que todo iba a
salir bien. Nos dividimos los personajes y nos juntamos a practicar. Cada
reunión fue muy divertida, nunca faltaron los consejos por parte de los
narradores, todos me demostraron mucho interés. Esos días noté que los profes
no estamos solos, se me hace indispensable destacar la importancia que tiene formar
un equipo para llevar algo nuevo y distinto a las aulas, para construir algo que
despierte a los alumnos de las tareas de rutina a la que están tan
acostumbrados.
Cuando llegó el momento de
la representación noté que los chicos estaban acostados arriba de los bancos,
esperando ver en que consistía esa modificación del espacio y qué venían a
hacer esos chicos nuevos. Al comenzar la clase les presenté a mis compañeros,
les comenté que la clase consistiría en la representación leída de la obra
“M´hijo el dotor”. Los alumnos seguían sin demostrar demasiado interés, pero
inmediatamente, los gritos del gurí, llamando a mariquita con desesperación y
torpeza lograron un gracioso llamado de atención para los alumnos. La obra se
desencadenó de repente, los lectores-actores sorprendieron con la actuación,
por momentos los alumnos se reían a carcajadas, en otros momentos se
encontraban serios.
Yo estaba que me comía las
uñas y rogando que nos alcanzara el tiempo. Al finalizar con la obra los chicos
se quedaron estáticos, pensaron que habíamos cortado la representación porque
faltaba un minuto para el recreo, gritaban desde distintas partes del aula
“quiero saber el final”, “sigan, ahora queremos saber el final”. Les expliqué
que la obra cuenta con ese final, así termina realmente.
Comenzaron a quejarse,
“¡Cómo puede terminar así!”, “No, yo voy a hablar con el autor, no puede
terminar así”. Me di cuenta que esa inquietud podría ser la punta del ovillo
que me ayudaría a desarrollar una conversación la próxima clase. Es fundamental
que los profesores estemos atentos cuando algo les genera ruido a nuestros
alumnos, sin dudas, cada cuestionamiento es un punto de partida muy atractivo
para incentivarlos a volver a pensar. Así mismo, antes de que nos retiráramos,
aplaudieron a los invitados y Claudio los felicitó también. Mientras volvía a
casa, pensaba en la inquietud que habían tenido los alumnos en cuanto a la
obra. Me sentí bien por haber generado eso, si mostraron esa postura es porque
algo de la obra les llamó la atención, algo les generó. Preferí esa reacción
ante la conformidad. Sin dudas, el final de la obra era motivo de discusión
para la próxima clase.
El segundo día de clases
como profe se basó en una conversación con los alumnos, les pregunté qué les
había parecido, qué opinaban del final de la obra, qué impresión les dejaron
los personajes, entre otras cosas. Noté que todos estaban interesados y
hablaban de la obra de Florencio Sánchez como algo tan cotidiano que me gustó,
hicieron de la obra algo propio, de ellos. A continuación les pregunté, ¿por
qué querían seguir estudiando el año próximo? ¿Por qué todos optaban por
estudiar en vez de trabajar? Comenzaron a explicar la situación de cada uno y
se mostraban muy firmes en sus convicciones, inmediatamente les pregunté si el
personaje Julio de la obra “M´hijo el dotor” piensa lo mismo en la obra.
Comenzamos a considerar que la obra representa una situación actual, por la que
ellos están transitando en este momento. Más allá de que haya sido publicada en
el año 1903.
Al finalizar las practicas,
pude ver que esta fue una de las clases más productivas. Trajimos a la
actualidad la obra, hablamos de las problemáticas que presenta y cómo se dan
hoy en día. Me gustó el debate que se formó porque de una u otra forma revitalizamos
la obra, siento que los chicos se desprendieron de ese prejuicio que tienen
impregnado cuando se les presenta una obra que tiene más de cien años. En
ningún momento escuché que era aburrido, que era un libro viejo,
desactualizado, por el contrario. Me
sorprendí de todo lo que tienen para decir, son inagotables sus ideas, me
encantó escucharlos y noté que a ellos les encanta que se los escuche, todos
tenían algo para decir, y nos tomamos el tiempo de escucharnos todos.
Con el paso de las clases
fui notando que algunas actividades funcionaron mejor que otras, aún hoy, a
varios días de haber culminado con las prácticas sigo reflexionando acerca de
lo que hubiera funcionado mejor, o lo que tendría que haber cambiado. Me quedo
conforme en cuanto a la heterogeneidad del trabajo, porque cada alumno pudo
realizar aportes desde su lugar, desde su perspectiva y desde sus ideas. Es
necesario que como profes planifiquemos las clases, espacios y grupos desde la
pluralidad, cada alumno debería contar con el derecho de ser educado teniendo
en cuenta sus particularidades, no todos trabajan y aprenden de la misma
manera, sería absurdo pretender que todos los alumnos culminen una unidad de
trabajo con aprendizajes idénticos. El proceso por el que transcurren los
alumnos en el momento de aprender es particular y depende de su situación socio
– cultural y de su identidad. Esto resume básicamente lo que se trabajó en la
segunda clase. Para realizar la lectura de Jitrik y Prieto, cada alumno debía
decidir cómo organizar la información que nos brindaba el material con el que
trabajamos, les propuse organizar los temas en cuadros conceptuales, ítems, o
subrayando del apunte. Al finalizar esta clase noté que cada uno había
considerado distintas cosas en los textos. Además de aportar lo que el material
proponía, cada uno contaba alguna experiencia propia o establecían alguna
relación nueva con lo conversado la clase anterior.
Mis prácticas culminaron con
una propuesta de escritura, fueron las clases que más disfruté. Tenía más dudas
que certezas, no sabía cómo generar un problema para que los alumnos sintieran
la necesidad de resolverlo. Cómo lograr una consigna que no cayera en la
ambigüedad, que lograra ser específica, que no estuviera incompleta, fueron
algunas de mis inquietudes. Además, con esta actividad final debía evaluar los
temas que cada uno de los chicos incorporó. Eso le sumaba un plus de dificultad
a la tarea de formular una buena consigna. Finalmente, propuse dos temas, una
serie de procedimientos y dos géneros discursivos. Una de las opciones constaba
de la transformación de una o más escenas de la obra “M´hijo el dotor”, la
otra, consistía en la creación de un breve relato, teniendo en cuenta como
punto de partida un personaje, alguna situación, algún conflicto de la obra.
Se propuso esta actividad en
el marco de un aula-taller, en la que los chicos podían consultarse ideas entre
ellos, buscar recursos apropiados, charlar sobre la elección del narrador y las
variedades lingüísticas. En palabras de Maite Alvarado,
“…a través de consignas de taller, consignas de invención cuidadosamente
formuladas, resulta mucho más sencillo entender en qué consiste la coherencia
del texto o cual es el valor de los modos y los tiempos verbales. La modalidad
de taller permite desarrollar los contenidos curriculares vinculados a la
lengua escrita, aprovechando la oportunidad de inventar mundos e historias,
personajes y situaciones, lo que devuelve a la práctica de la escritura la
motivación perdida.” (Alvarado, pág. 161)
Para concluir, puedo decir
que los profesores de Lengua y Literatura tenemos una hermosa tarea por
delante, el trabajo con la escritura y la literatura. Bárcena Orbe nos ayuda a
preguntarnos ¿De qué se protege un lector mientras lee y un escritor cuando
escribe? No de la vida, sino de cierta forma de vida. La lectura y la escritura
posibilitan un cambio, que depende de una apertura al mundo y de una
experiencia casi imposible de silencio. Cuando leemos nos ponemos en contacto
con todos los que nos precedieron para reconocer, tal vez, alguna singular
deuda. Cuando escribimos aprendemos a ser mortales y finitos: para vivir y para
morir, para dejarnos conocer por los que vendrán.
María Giuliana Capellino

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