La
siguiente comunicación o ponencia surge a partir de mi experiencia como
residente en el Instituto San Antonio de Villa María dentro de la cátedra
Práctica Docente III
Recordar,
mirar y pensar desde esta perspectiva se siente agradable, sin embargo muchas
emociones, nervios y estados de ánimos diferentes experimenté desde aquel 14 de
abril en que ingresé por primera vez al Instituto San Antonio. Incertidumbre.
Por fin, me tocaba ingresar a un aula para cumplir un “rol más activo”,
recuerdo esas palabras de la profe de cátedra, diciéndonos que debíamos
acompañar y ayudar a nuestra profe tutora y acostumbrarnos a la idea de que
posiblemente los alumnos nos llamarían “profe”.
Entre
tantos recuerdos, no puedo dejar de pensar en el recibimiento y la calidez de
Andrea, mi profe tutora. Ella inició la presentación de aquel día, me habló de
los chicos, de cómo era particularmente ese grupo y me dio palabras de aliento
y otras que calmaron bastante mis nervios y mi ansiedad. Me recomendó, entre
otras cosas, no tener miedo a no saber algo, no perder nunca la curiosidad por
cualquier tipo de lectura y hablamos también de lo importante que es hacer que
los alumnos piensen, se pregunten y aprendan a argumentar. Desde su sencillez y
bondad me brindó ese pequeño y enorme lugar al lado de su escritorio en el cual
aprendí muchísimo.
Al
principio me costó acercarme a los chicos, creo que las primeras clases quería
detenerme a conocerlos a ellos, a escucharlos, a observar todo, quería
contestar sus preguntas, pero recién empezaba a hacerme la idea del lugar que
ocupaba en ese quinto año, en ese curso y en ese grupo en particular.
Llegada
la segunda semana de clases, la profe les presentó a los chicos un tema y dio
comienzo a la unidad II: “El texto literario”. Andrea les pidió a todos los
alumnos que se reunieran en el salón de actos porque les tenía preparada una
sorpresa. Los chicos se encontraron con un “árbol” (hecho artesanalmente) lleno
de hojas con fragmentos de diferentes textos literarios. Me pareció una hermosa
manera de acercar a los chicos a la literatura, me pareció una propuesta
creativa, pero sobre todo, destaco la intención de parte de Andrea de que se produzca, en palabras de Bárcena Orbe:
El
placer de leer, el goce de entrar en contacto con un texto y sumergirse en un
relato fascinante o en una trama de ideas bellamente trabadas (Bárcena
Orbe, 2012).
La
reacción de los chicos me dio la pauta de que algo de esto sucedió, yo vi sus
caras de asombro, curiosidad por descubrir qué escondían aquellas palabras.
Muchos de los textos tocaban temas interesantes, que invitaron al diálogo y a
la reflexión, la mayoría leyó su papelito y aportó una idea, un pensamiento o
alguna experiencia con la cual pudieron relacionar esos temas.
Por
esos días, Andrea me habló de la unidad que me tocaría preparar llegado el
momento de comenzar mi práctica: Literatura Precolombina. Por supuesto, acepté
y le dije que no tenía inconvenientes, hasta
que llegué a mi casa y más de uno
surgió en mi cabeza. Me pregunté el qué, el cómo, y no se cuántos interrogantes
más. Tenía que plantearme cómo dar de una manera creativa o agradable el “Popol
Vuh”, “poesía precolombina” y por supuesto antes de entrar en estos temas las
costumbres y características de los pueblos originarios.
Para
mi sorpresa y alegría todo fue sucediendo de alguna manera. Me empapé de este
tema que terminó resultándome apasionante y traté de transmitirles todo eso que
no podía quedar en mí, todo ese “conocimiento”, ese “saber” era para ellos y
ellos se dispusieron a recibirlo.
Luego
de realizar una introducción al tema, en la segunda clase ya estaban todos
leyendo los dos primeros capítulos del “Popol Vuh”, entre todos hablamos de
cómo se había llevado a cabo el proceso de creación del hombre, reflexionamos
sobre la religión del pueblo maya y los dioses que mencionaba el texto, además de la importancia
que éste libro tenía para su cultura ya que daba a conocer sus costumbres y
creencias. Si bien surgieron dudas y preguntas, destaco una vez más la
predisposición y participación de la mayoría. Éste grupo, siempre respondió
bien y de alguna manera pude observarlo antes de comenzar a dar mis clases, y
sabía que ese no sería un problema para mí. Lo que me interesaba era que verdaderamente
ellos experimentaran el goce de entrar en
contacto con un texto (retomo esta frase de Bárcena Orbe) y era mi tarea
establecer ese puente.
Me
fui contenta, pensando en lo positivo y en las modificaciones que debía hacer a
mi guión conjetural. (Esta es una propuesta de Gustavo Bombini que consiste en
realizar un relato de anticipación acerca cómo se llevarán a cabo las prácticas
y que permite modificaciones mientras se avanza en ellas)
Posteriormente,
leímos entre todos poesías precolombinas y algunas escritas después de la
colonización española. Esto implicó un gran desafío ya que, hasta ese día, no
me sentía del todo segura con la forma en que estaba abordando el tema. Nuevamente,
me sorprendí: ellos tenían ganas de leerlas y de conversar sobre los temas que
aparecían, y sobre las diferencias que presentaban unas y otras. Les propuse
también escuchar canciones, lo cual nos llevó otra clase más y en la que tuve
que retomar la lectura de las poesías por las chicas que no estuvieron
presentes anteriormente, querían tener también la posibilidad de leer y
comprender lo que veníamos haciendo. Otra vez con sus papeles en mano, tan
cercanos a un texto desconocido que se
esforzaban por conocer.
Para
culminar con mis prácticas, debía presentarles a los chicos una propuesta de
escritura. Ellos tenían la posibilidad de elegir: una de las propuestas
consistía en escribir una reflexión sobre lo que habíamos visto en cada una de
las clases y la otra opción era escribir una poesía sobre algún tema específico
de la unidad que les haya gustado más.
Creo
que esta instancia es la que más disfruté, por varios motivos. En ese momento
me recuerdo mucho más cercana a ellos,
sin miedos, cómoda, recorriendo cada banco y mirando a cada uno,
ayudando a comenzar sus escritos pero también escuchando sus inquietudes y sus
preguntas. Dialogando, compartiendo. Por otro lado, me alegró ver como muchos
de ellos eligieron trabajar con poesía, con temas que hacían referencia al
dolor de los pueblos originarios luego de la colonización española y al valor
de la cultura de estos pueblos. Estos temas también surgieron en las
reflexiones que si bien para muchos implicó un esfuerzo, ya que confundían esta
propuesta con la de un texto expositivo, superaron las complicaciones y
escribieron desde su mirada personal lo que habían visto y aprendido a lo largo del módulo.
Me
quedo con muchos interrogantes, pienso y reflexiono si fueron acertadas o no
las consignas y si algo de todo esto los transformó, los modificó o permitió
que “algo les pase”. Me pregunto, recurriendo una vez más a Bárcena Orbe, si
será posible pensar a la educación como un “gesto literario”:
La
educación como una forma de interpretación alejada de la sola función de
control. La educación como experiencia, como posibilidad de que algo nos pase.
La educación como inyección de imaginación. La educación como un viaje. Y
también, y como la literatura, la educación como el encuentro con un posible
desencanto, con la distancia entre lo real y la exigencia de cómo deberían ser
las cosas. (Bárcena Orbe, 2012)
Como sostiene Melich (2002), es posible
pensar en la experiencia como situaciones que nos han acontecido, que nos han
atravesado y han dejado sus huellas, y vincularlo al aprendizaje.
Para seguir reflexionando, me pregunto
¿Cómo podemos lograr por medio de la educación un proceso de experiencia, de
transformación en el cual ambos, docente y educando, se sientan atravesados por
nuevos conocimientos?
Considero que en el proceso educativo
para que surta efecto la transformación (de los educandos y de los docentes) se
debe dar dentro en un ámbito de comunicación, diálogo y respeto entre las
personas involucradas en dicho proceso.
Tania Coronda

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