domingo, 15 de noviembre de 2015

Experiencia de Milena Melgarejo

Cuando inicié el Profesorado traía conmigo muchas incertidumbres, a algunas fui sorteándolas en el camino pero otras nuevas aparecieron cuando llegó el momento de cursar la última práctica.  ¿En qué colegio me tocará hacer la residencia? ¿Quiénes serán mis primeros alumnos? ¿Les caeré bien? ¿Y si me preguntan algo que no sé? ¿Qué hago? ¿Qué digo? Todas estas preguntas me hacía y les hacía a mis profes y compañeras.
Me tomó de sorpresa una mañana, un mensaje de las profes comunicándome que a mitad de Abril comenzaría mi residencia en el IPEM N° 147 “Manuel Anselmo Ocampo”, en 4to año B Naturales, con la profesora María José Rinaldi. Estaba tan nerviosa y ansiosa que no veía la hora de que llegara ese día.

A continuación voy a compartir algunos momentos de mi residencia porque siento que fue y es una etapa de total aprendizaje, de afianzamiento, de superación, de esperanza y de amor por lo que elegimos: la docencia.
Lunes, siete y media de la mañana. Yo no conocía a la famosa profe Marijó pero me dijeron “es chiquitita y sonriente”, para que la identifique. Y en la puerta de la escuela, acompañada por la profe Beatriz,  me encontré con ella. Subimos a formar y luego fuimos al curso. Había 25 caritas mirándome, no entendían qué hacía ahí, hasta que su profesora los saludó y les dijo que yo iba a presentarme. Las profes de la práctica nos pidieron que llevemos más o menos pensado qué íbamos a decir en nuestra presentación. Bueno, todo lo que había planeado la noche anterior para contarles, no me salió. Igual les conté lo fundamental: cómo me llamo, cuántos años tengo, de dónde soy y cómo está conformada mi familia, qué y dónde estudiaba, cuánto tiempo iba a quedarme con ellos y qué era lo que iba a hacer. En silencio todos me escucharon, o por lo menos eso percibí.
Ubiqué un banco al costado derecho del escritorio de la profe y ella comenzó la clase. Les repartió una fotocopia a cada uno sobre los “Diez consejos de Julio Cortázar para escribir un cuento” y los chicos iban leyendo un ítem cada uno en voz alta. Cuando llegó el punto número 4, Marijó preguntó quién quería leerlo y una alumna respondió “que lea la profe” señalándome. Me tomó de sorpresa, lo leí y siguió la clase. Me gustó que me haya hecho participar, por más que haya sido una sola la alumna que lo pidió. Me fui contenta.
Mientras iba pasando el tiempo se iba afianzando la relación con los chicos, me pedían que lea, me agregaban a Facebook, comenzaron a ponerme Mg y un chico, muy tímido en clase, me escribió por chat. Ese día me contó que a él le gusta mucho la música y que tiene una guitarra que heredó de su papá, que este falleció cuando él era muy pequeño pero que deseaba seguir sus pasos en cuanto a lo artístico. Me sentí especial, estaba contándole algo muy importante de su vida a alguien que no conocía.
Y así fueron pasando los meses; aprendiendo sus nombres, ayudándolos con las actividades, leyendo entre todos, conociendo sus historias, sus gustos y tantas otras cosas. “Profe, ¿qué hizo el finde? ¿Vio que perdió River?”, “Profe, ayer discutí con mi novio, hace tres años que estamos juntos, ya no lo aguanto (y se reía)”, “Profe, ¿cuándo nos va a dar clase usted?”…escribo esto y me parece que los escucho.
La profe María José me ofreció su planificación para que yo elija el tema que quería dar en mi práctica. En ese momento estaba avanzada la unidad n° 2, entonces decidí tomar un tema de la unidad n° 3: Dentro del Género Dramático, Teatro Argentino: concepto, orígenes y evolución; acompañado de una obra de teatro de Armando Discépolo llamada “Mateo”. Y acá me surgieron otras dudas, ¿cómo doy este tema en una modalidad de Taller? ¿Cómo hago para que los chicos se interesen? Comencé a buscar bibliografía, videos, leí la obra y redacté la primera versión del Guion Conjetural. Cito a Gustavo Bombini y a Paula Labeur, quienes describen qué tenemos que tener en cuenta a la hora de escribir un Guion Conjetural:
“(…)En él imagina cómo serán sus clases, cómo desarrollará los temas que haya elegido o le hayan asignado, qué hará, qué dirá, qué propondrá hacer a sus alumnos e imagina también qué harán sus futuros alumnos en sus clases, cómo espera que reaccionen a sus propuestas (…)”
Ese guion fue y vino muchas veces, principalmente trabajamos el tema de la consigna porque creemos que allí está la motivación que tenemos que reforzar ya que, como plantea Maite Alvarado, “(…) una consigna bien formulada no cierra, abre”. De este modo, las primeras clases estuvieron listas, siempre con la opción de modificar algo según el trascurso de las mismas, y llegó el momento de dar inicio a mis prácticas.
Amanecí el lunes 7 de septiembre, seis de la mañana, para ir a hacer lo que tanto soñé. Llegué al colegio, María José me estaba esperando. Subimos a formar y cuando estábamos bajando las escaleras para entrar al curso, mi mente se quedó en blanco. Sólo sabía que era el momento. Mari me cedió su escritorio. Saqué mis cosas y las puse sobre él. Me temblaba todo.
‘Buen día chicos. Ha llegado el momento de realizar lo que les conté el primer día que llegué acá: mi práctica’ Todos callados, con algunas miradas cómplices, me prestaban atención. Anoté en el pizarrón “Mateo” 1923 – Armando Discépolo. Comencé preguntándole a los chicos si sabían de la existencia de teatros acá en Villa María, si habían concurrido a alguno, si en algún momento leyeron una obra literaria de éste género, entre otras cosas, a lo que varios me respondieron y eso me tranquilizó bastante. Ya casi no temblaba. Vimos dos videos de YouTube en los cuales se observó dos escenas de la obra de teatro que leeríamos la segunda clase. Mientras los comentábamos yo iba haciendo referencia a algunos de los acontecimientos históricos, políticos-socioculturales que sucedieron en esa época. Ya había dado todo lo que tenía planificado y cuando miré el reloj faltaban 10 minutos para que toque el timbre. 10 minutos, entré en pánico. Pero ya se pueden imaginar quiénes “me salvaron”. Sí, ellos, mis alumnos. Comenzaron a hacer más preguntas sobre el tema, hablamos de los inmigrantes; de sus padres, abuelos y bisabuelos. Tocó el timbre y seguíamos charlando. Fue genial.
Para la segunda clase yo había planeado que leamos la obra de Teatro en el aula, así que invité a Juli, Gabi y Giuli, tres amigas y compañeras de la práctica III, para que lean “Mateo” conmigo y la profe Marijó. La estructura de la obra está formada por tres cuadros y sus personajes hablan el Cocoliche, una mezcla del italiano y nuestro idioma, que nació en las épocas de inmigración. En el segundo cuadro, tres de los alumnos tomaron un personaje y leyeron con nosotras sin ningún inconveniente. Todos tenían las copias y seguían la lectura con la vista.
Así fueron transcurriendo las clases, los chicos me escuchaban, participaban, me hacían sentir realmente su profe. El último día hicimos en el aula un desayuno literario. Allí, ellos leyeron sus producciones, las cuales surgieron de las consignas que yo les di. Éstas consistían en: la primera, hacer un monólogo con un oficio que esté desapareciendo, hecho desde un personaje adulto de la actualidad. Luego, tenían que darle a una parte de ese monólogo un formato de rap. Los chicos al principio se quejaban de que “era muy difícil” pero después la hicieron sin ningún inconveniente. 
Es muy difícil contar en 5 minutos todo lo que viví en el transcurso de este año en el aula con los chicos. Siento que ellos confiaron en mí porque yo les demostré que confiaba en ellos. El último día les dije que estaba orgullosa de cada uno, que les agradecía por haberme hecho parte de su grupo, por haberme respetado desde el primer día. Les conté que tuve la posibilidad de elegir a qué colegio quería ir y que, cuando me enteré que iba a ir al MAO, me puse muy feliz. Que si tuviese que volver a cursar ésta práctica los volvería a elegir porque me llenaron el alma, porque aprendí con ellos, porque conocí a una profe que lleva la vocación en el corazón y que me transmitió muchos valores, porque me fui FELIZ y llena de recuerdos, porque se puede, porque todos somos capaces de cumplir nuestros sueños si realmente lo deseamos.   
Para finalizar este escrito les dejo una cita de Fernando Bárcena Orbe que a mí me hizo pensar a la educación como una instancia de constante aprendizaje, en la que no todo va a salir como queremos pero que eso nos tiene que dar fuerzas para mejorar y crecer día a día. Para valorar los momentos, para no mirar hacia un costado, para involucrarnos con nuestro futuro: ellos. 
“(…) Educación como experiencia, como posibilidad de que algo nos pase. La educación como inyección de imaginación. La educación como un viaje. Y también, y como la literatura, la educación como el encuentro con un posible desencanto, con la distancia entre lo real y la exigencia de cómo deberían ser las cosas (…)”

Milena Melgarejo



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