Cuando
inicié el Profesorado traía conmigo muchas incertidumbres, a algunas fui sorteándolas
en el camino pero otras nuevas aparecieron cuando llegó el momento de cursar la
última práctica. ¿En qué colegio me
tocará hacer la residencia? ¿Quiénes serán mis primeros alumnos? ¿Les caeré
bien? ¿Y si me preguntan algo que no sé? ¿Qué hago? ¿Qué digo? Todas estas
preguntas me hacía y les hacía a mis profes y compañeras.
Me tomó de
sorpresa una mañana, un mensaje de las profes comunicándome que a mitad de
Abril comenzaría mi residencia en el IPEM N° 147 “Manuel Anselmo Ocampo”, en
4to año B Naturales, con la profesora María José Rinaldi. Estaba tan nerviosa y
ansiosa que no veía la hora de que llegara ese día.
A
continuación voy a compartir algunos momentos de mi residencia porque siento
que fue y es una etapa de total aprendizaje, de afianzamiento, de superación,
de esperanza y de amor por lo que elegimos: la docencia.
Lunes,
siete y media de la mañana. Yo no conocía a la famosa profe Marijó pero me
dijeron “es chiquitita y sonriente”, para que la identifique. Y en la puerta de
la escuela, acompañada por la profe Beatriz, me encontré con ella. Subimos a formar y luego
fuimos al curso. Había 25 caritas mirándome, no entendían qué hacía ahí, hasta
que su profesora los saludó y les dijo que yo iba a presentarme. Las profes de
la práctica nos pidieron que llevemos más o menos pensado qué íbamos a decir en
nuestra presentación. Bueno, todo lo que había planeado la noche anterior para
contarles, no me salió. Igual les conté lo fundamental: cómo me llamo, cuántos
años tengo, de dónde soy y cómo está conformada mi familia, qué y dónde
estudiaba, cuánto tiempo iba a quedarme con ellos y qué era lo que iba a hacer.
En silencio todos me escucharon, o por lo menos eso percibí.
Ubiqué un
banco al costado derecho del escritorio de la profe y ella comenzó la clase. Les
repartió una fotocopia a cada uno sobre los “Diez consejos de Julio Cortázar
para escribir un cuento” y los chicos iban leyendo un ítem cada uno en voz
alta. Cuando llegó el punto número 4, Marijó preguntó quién quería leerlo y una
alumna respondió “que lea la profe” señalándome. Me tomó de sorpresa, lo leí y
siguió la clase. Me gustó que me haya hecho participar, por más que haya sido
una sola la alumna que lo pidió. Me fui contenta.
Mientras iba
pasando el tiempo se iba afianzando la relación con los chicos, me pedían que
lea, me agregaban a Facebook, comenzaron a ponerme Mg y un chico, muy tímido en
clase, me escribió por chat. Ese día me contó que a él le gusta mucho la música
y que tiene una guitarra que heredó de su papá, que este falleció cuando él era
muy pequeño pero que deseaba seguir sus pasos en cuanto a lo artístico. Me
sentí especial, estaba contándole algo muy importante de su vida a alguien que
no conocía.
Y así
fueron pasando los meses; aprendiendo sus nombres, ayudándolos con las
actividades, leyendo entre todos, conociendo sus historias, sus gustos y tantas
otras cosas. “Profe, ¿qué hizo el finde? ¿Vio que perdió River?”, “Profe, ayer
discutí con mi novio, hace tres años que estamos juntos, ya no lo aguanto (y se
reía)”, “Profe, ¿cuándo nos va a dar clase usted?”…escribo esto y me parece que
los escucho.
La profe
María José me ofreció su planificación para que yo elija el tema que quería dar
en mi práctica. En ese momento estaba avanzada la unidad n° 2, entonces decidí tomar
un tema de la unidad n° 3: Dentro del Género Dramático, Teatro Argentino: concepto, orígenes y evolución; acompañado de una
obra de teatro de Armando Discépolo llamada “Mateo”. Y acá me surgieron otras dudas, ¿cómo doy este tema en una
modalidad de Taller? ¿Cómo hago para que los chicos se interesen? Comencé a
buscar bibliografía, videos, leí la obra y redacté la primera versión del Guion
Conjetural. Cito a Gustavo Bombini y a Paula Labeur, quienes describen qué
tenemos que tener en cuenta a la hora de escribir un Guion Conjetural:
“(…)En él imagina cómo serán sus clases, cómo desarrollará los temas que
haya elegido o le hayan asignado, qué hará, qué dirá, qué propondrá hacer a sus
alumnos e imagina también qué harán sus futuros alumnos en sus clases, cómo
espera que reaccionen a sus propuestas (…)”
Ese guion
fue y vino muchas veces, principalmente trabajamos el tema de la consigna
porque creemos que allí está la motivación que tenemos que reforzar ya que,
como plantea Maite Alvarado, “(…) una consigna bien formulada no cierra, abre”.
De este modo, las primeras clases estuvieron listas, siempre con la opción de
modificar algo según el trascurso de las mismas, y llegó el momento de dar
inicio a mis prácticas.
Amanecí el
lunes 7 de septiembre, seis de la mañana, para ir a hacer lo que tanto soñé. Llegué
al colegio, María José me estaba esperando. Subimos a formar y cuando estábamos
bajando las escaleras para entrar al curso, mi mente se quedó en blanco. Sólo
sabía que era el momento. Mari me cedió su escritorio. Saqué mis cosas y las
puse sobre él. Me temblaba todo.
‘Buen día
chicos. Ha llegado el momento de realizar lo que les conté el primer día que
llegué acá: mi práctica’ Todos callados, con algunas miradas cómplices, me
prestaban atención. Anoté en el pizarrón “Mateo” 1923 – Armando Discépolo. Comencé
preguntándole a los chicos si sabían de la existencia de teatros acá en Villa
María, si habían concurrido a alguno, si en algún momento leyeron una obra
literaria de éste género, entre otras cosas, a lo que varios me respondieron y
eso me tranquilizó bastante. Ya casi no temblaba. Vimos dos videos de YouTube
en los cuales se observó dos escenas de la obra de teatro que leeríamos la
segunda clase. Mientras los comentábamos yo iba haciendo referencia a algunos
de los acontecimientos históricos, políticos-socioculturales que sucedieron en
esa época. Ya había dado todo lo que tenía planificado y cuando miré el reloj
faltaban 10 minutos para que toque el timbre. 10 minutos, entré en pánico. Pero
ya se pueden imaginar quiénes “me salvaron”. Sí, ellos, mis alumnos. Comenzaron
a hacer más preguntas sobre el tema, hablamos de los inmigrantes; de sus
padres, abuelos y bisabuelos. Tocó el timbre y seguíamos charlando. Fue genial.
Para la
segunda clase yo había planeado que leamos la obra de Teatro en el aula, así
que invité a Juli, Gabi y Giuli, tres amigas y compañeras de la práctica III,
para que lean “Mateo” conmigo y la profe Marijó. La estructura de la obra está
formada por tres cuadros y sus personajes hablan el Cocoliche, una mezcla del
italiano y nuestro idioma, que nació en las épocas de inmigración. En el
segundo cuadro, tres de los alumnos tomaron un personaje y leyeron con nosotras
sin ningún inconveniente. Todos tenían las copias y seguían la lectura con la
vista.
Así fueron
transcurriendo las clases, los chicos me escuchaban, participaban, me hacían
sentir realmente su profe. El último día hicimos en el aula un desayuno
literario. Allí, ellos leyeron sus producciones, las cuales surgieron de las
consignas que yo les di. Éstas consistían en: la primera, hacer un monólogo con
un oficio que esté desapareciendo, hecho desde un personaje adulto de la
actualidad. Luego, tenían que darle a una parte de ese monólogo un formato de
rap. Los chicos al principio se quejaban de que “era muy difícil” pero después
la hicieron sin ningún inconveniente.
Es muy
difícil contar en 5 minutos todo lo que viví en el transcurso de este año en el
aula con los chicos. Siento que ellos confiaron en mí porque yo les demostré
que confiaba en ellos. El último día les dije que estaba orgullosa de cada uno,
que les agradecía por haberme hecho parte de su grupo, por haberme respetado
desde el primer día. Les conté que tuve la posibilidad de elegir a qué colegio
quería ir y que, cuando me enteré que iba a ir al MAO, me puse muy feliz. Que
si tuviese que volver a cursar ésta práctica los volvería a elegir porque me
llenaron el alma, porque aprendí con ellos, porque conocí a una profe que lleva
la vocación en el corazón y que me transmitió muchos valores, porque me fui
FELIZ y llena de recuerdos, porque se puede, porque todos somos capaces de
cumplir nuestros sueños si realmente lo deseamos.
Para
finalizar este escrito les dejo una cita de Fernando Bárcena Orbe que a mí me
hizo pensar a la educación como una instancia de constante aprendizaje, en la
que no todo va a salir como queremos pero que eso nos tiene que dar fuerzas
para mejorar y crecer día a día. Para valorar los momentos, para no mirar hacia
un costado, para involucrarnos con nuestro futuro: ellos.
“(…) Educación como experiencia, como posibilidad de que algo nos pase.
La educación como inyección de imaginación. La educación como un viaje. Y
también, y como la literatura, la educación como el encuentro con un posible
desencanto, con la distancia entre lo real y la exigencia de cómo deberían ser
las cosas (…)”
Milena
Melgarejo


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